domingo, 17 de julio de 2016

ERES PERFECTA Y AUN ASÍ NO TE DAS CUENTA

Hará cosa de año y medio leí un artículo en Vanity Fair que hablaba de Angelina Jolie y Jennifer Aniston, eternas rivales desde que la primera terminó casándose con el novio de la segunda, y me topé con el siguiente párrafo:

“Jennifer Aniston pasó de ser la novia de América con pelo perfecto a la chica que permanece en una pertinaz soltería y se percibe, por tanto, como una amenaza. Más que por sus películas es objeto de comentarios por sus sucesivas rupturas sentimentales y por las dudas acerca de cuándo se decidirá a tener un hijo. Se obvian cosas tan elementales como que una mujer puede tener varias parejas sentimentales o no tener ninguna y vivir una vida plena y feliz, y que tener hijos no es una obligación que va con la condición femenina, sino una elección, cosas que son el primer capítulo de cualquier temario sobre relaciones de género pero que todavía hay que recordar, y más en una sociedad como la americana que ha hecho un negocio mastodóntico de las bodas, y del acto de prometerse en matrimonio un hito vital.”


No hacía mucho había leído el libro ‘El amor se me hace bola’ (sí, literatura de culto no es) y la idea que en él se recoge es prácticamente la misma y puede resumirse con la frase “y a mí lo que me preocupa de todo esto es el mensaje social que reivindica un único modelo familiar, y que ensalza una elección de vida sobre todas las demás.”

El asunto me pareció muy interesante y me dio qué pensar, así que hice algunas anotaciones en mi cuaderno, guardé el artículo de Vanity Fair en favoritos y me dije que éste era un tema estupendo sobre el que escribir en mi blog. No hace falta que os diga que aquella idea nunca se materializó, como tantas otras.

Esta semana Jennifer Aniston ha decidido dar un golpe en la mesa para decir basta ya. Imagino que algo habréis escuchado en relación a la carta que ésta ha escrito en contra de todos esos tabloides que a menudo escriben noticias falsas sobre su vida privada, entre ellas bodas, divorcios y embarazos, y es que si todos esos rumores que la prensa ha atribuido a esta mujer fueran ciertos, tendría ya montado en casa su propio equipo de fútbol. En la carta afirma que “definimos la valía de una mujer en base a su estado civil y familiar” y defiende que “las mujeres no necesitamos estar casadas o ser madres para ser completas. Podemos decidir nuestro propio ‘fueron felices y comieron perdices’ por nosotras mismas”.


No puedo estar más de acuerdo. Tenemos un montón de ideas erróneas grabadas a fuego y de las cuales nos cuesta desprendernos porque sencillamente es lo que hemos escuchado y visto desde que nacimos. Y ésta, la de la maternidad como obligación y no como elección, es una de ellas. Es como si existiera un camino marcado que seguir y ojo con aquella que decida salirse de él, pues allí estará la sociedad capitaneada por los medios de comunicación para preguntarle cada día en tono de reproche qué narices está haciendo con su vida. 

Hace ya tiempo, una mujer que estaba sentada delante de mí en un tren iba hablando por teléfono y cuando escuché la siguiente frase mi cerebro hizo clic: “Tengo que ocuparme de mis hijos cuando llego a casa, así que no pienso perder el tiempo escuchándola hablar de sus clases de yoga y de sus tonterías”.

Esta frase está sacada de contexto, pues desconozco sobre qué y quién versaba la conversación y por supuesto, la situación de la persona que la pronunció, pero me sonó a cierto sentimiento de superioridad. Tengo la impresión de que esa frase venía a decir que, al tener hijos, su vida es mucho más importante y valiosa que la de una persona que no es madre, y que sólo ocupa su tiempo en idioteces, como practicar yoga. Éste es sólo un ejemplo de la tendencia que existe en nuestra sociedad a pensar que la vida de una persona soltera y sin hijos está vacía. Hay millones de cosas, a parte de la maternidad, con las que una mujer puede enriquecer su vida y lograr que ésta sea plena y feliz, como viajar, formarse, aprender idiomas, leer, hacer deporte o, por qué no, practicar yoga.


No me puedo creer que Apple ya esté trabajando en el iPhone 7, y que a la mujer se la siga viendo de la misma manera que hace tres siglos, como alguien cuya función principal en la vida es procrear. Avanzamos mucho en el terreno de la tecnología o en el de la medicina, pero, desgraciadamente, hay cosas que no cambian.

Todo sería mucho más sencillo si desde pequeños nos enseñaran que hay muchas maneras de vivir la vida, que tenemos la suerte de ser libres para decidir cómo será la nuestra y que es fundamental ser tolerantes con la elección que hagan los demás. Recordemos que la felicidad es algo subjetivo, lo que explica que para algunas mujeres la maternidad sea la experiencia más maravillosa de sus vidas, mientras que para otras no. Y tan lícito es lo uno como lo otro.


En España encontramos en Maribel Verdú a nuestra particular Jennifer Aniston, y es que no hay entrevista en la que la pobre mujer no tenga que enfrentarse a las preguntas sobre si piensa ampliar la familia. En una entrevista del verano pasado en El Periódico, la actriz decía que “ser mujer no es sinónimo de ser madre. Es una elección de la vida, no una obligación, y las mujeres no tenemos que dar explicaciones de por qué no queremos ser madres. ¿Por qué no se les pregunta a los hombres por qué no tienen hijos?”

Dejando a un lado el asunto de la maternidad, aunque siguiendo con la presión que se ejerce sobre la mujer, otro de los temas que Jennifer Aniston también abordaba era el del aspecto físico, con frases como:

“La cosificación y el escrutinio a los que sometemos a las mujeres es absurdo y alarmante. La forma en que los medios me muestran es simplemente un reflejo de cómo vemos y describimos a las mujeres en general, con la medida de unos retorcidos estándares de belleza.”

“El mensaje de que las niñas no son guapas a menos que estén súper delgadas, de que no merecen nuestra atención a menos que tengan el aspecto de una supermodelo o una actriz de portada de revista es algo en lo que todos estamos implicados.”

“Me molesta que me hagan sentir inferior porque mi cuerpo esté cambiando y/o me haya comido una hamburguesa y me hagan una foto desde un ángulo raro.”


Podríamos definir esto como el eterno debate. En los medios de comunicación por un lado nos venden la idea de ‘mujer real’ mientras que por otro se mofan de cualquier famosa que tenga celulitis. Decidme si la cosa no es para volverse loca. ¿Las niñas y adolescentes de hoy, que son el principal blanco de todos estos mensajes, qué clase de adultas serán mañana? ¿Por qué los medios de comunicación están empeñados en crear inseguridades y complejos en lugar de reforzar la autoestima diciendo que lo importante es aceptarnos y querernos tal y como somos?

Hace algunos meses Inma Cuesta colgaba esta imagen en su Instagram junto al siguiente texto: 

“Verte y no reconocerte, descubrir que tu imagen está en manos de personas que tienen un sentido de la belleza absolutamente irreal.

Imagino que era necesario resaltar el azul cobalto del vestido, quitar algunos pliegues del mismo y subir los niveles de luz para hacer brillar más mi piel, pero no entiendo la necesidad de retocar mi cuerpo hasta dejarme casi en la mitad de lo que soy, alisar mi piel y alargar mi cuello hasta convertirme casi en una muñeca sin expresión

No es la primera vez que pasa, pero esto sobrepasa los límites de la realidad y me avergüenza.

La foto de la derecha fue sacada con mi móvil directamente del ordenador en la sesión de fotos, yo al completo, sin trampa ni cartón, Inma entera, la de al lado es una invención, es eso que se supone que debería ser... los "cánones" de belleza que "deberíamos" seguir, no me acompleja, no lo entiendo como una señal de lo que lo debería ser, sencillamente me indigna como mujer y me hace reflexionar muy seriamente hacía dónde vamos y reivindicar con fuerza la necesidad de decidir y defender lo que somos, lo que queremos ser independientemente de modas, estereotipos o cánones de belleza.”


Poco tiempo después, Michelle Jenner, también en Instagram se decidía a alzar la voz contra la idea de esa perfección irreal que los medios de comunicación nos venden a diario:

“Mujer. Imperfecta. 

Toca hacer fotos ¡Hay que prepararse! 

Depílate. Eres imperfecta. Todos esos pelos no deberían estar allí. En la cabeza sí, nunca tendrás suficiente. 

Hoy tocan fotos. Tu compañero está listo en dos minutos. Él es un hombre, no necesita todo eso, es guapo tal y como es. ¿Tú? Puede que en hora y media estés presentable. Ya sabes, eres mujer, imperfecta. Tapa la ojera, unifica la piel, oculta ese vergonzoso grano, ¡ay esa arruga!, pinta la ceja, pon más pestañas en las pestañas, rízalas con un instrumento de tortura, más eye-liner para marcar el ojo, colorete, boca perfecta, iluminador en las zonas estratégicas, rimmel como si no hubiera un mañana.

El pelo, tan lacio y tan sin gracia. Más volumen, más bucles, más extensiones, más más. 

Ahora sí, ya te ves un poco mejor. Porque lo necesitas, porque lo quieres. Porque te sientes imperfecta.

La ropa. ¡Qué pecho tan pequeño! ¿Eso es celulitis? Algo que sea sexy, femenino, sofisticado, y por supuesto lo más incómodo posible. No importa si hace frío. Y tacón, que eres bajita y hay que estilizar. Da igual si estás a punto de caerte o te sangran los pies. Eres mujer, imperfecta. 

Ahora sonríe, natural

Ahora mira esa revista: "Nos gustan las mujeres reales", pero esa no, que tiene celulitis y es horrible. Aquella tampoco, ¡has visto qué dedos de los pies!, y esa de ahí tiene el culo un poco caído. Cómo puede ser que no le dé vergüenza salir así. Pero, eh, nos gustan las mujeres reales. Quiérete tal y como eres. Pero no tengas ojeras, ni arrugas, ni pelos donde no toca, ni grasa, ni tetas pequeñas, ni muchos años (si los tienes que no lo parezca), ni un culo muy grande ni muy pequeño, ni uñas mordidas, ni, ya puestos, demasiadas ideas. Pero quiérete. 

Y mañana trabajas y te levantarás hora y media antes por voluntad propia porque tienes que depilarte, maquillarte, peinarte, vestirte. Porque así te ves bien, y guapa, y femenina. Porque tú lo quieres. Porque si no lo haces te sientes desnuda, rara, fea, mal. Porque así te sentirás un rato como se supone que deberías ser. 

Porque no sabes ni por qué ni cómo pero lo llevas grabado hasta el tuétano.

Porque eres mujer. Imperfecta.”


También Leticia Dolera abordaba el tema en su blog ‘No soy una it girl’ con un post titulado ‘¿Vivir con o sin filtro?’, en el que concluía con este párrafo final: “Busquemos un equilibro sano, una relación positiva con nuestro cuerpo y no desconectemos de los poros de nuestra piel,  de las estrías que nos dibujan el camino recorrido, no empleemos ni un segundo más de nuestra vida en juzgar y criticar nuestro aspecto exterior (o el de los demás) basándonos en cánones externos y ocupémonos un poco más de lo que pasa por dentro que seguro es muchísimo más interesante y revelador.”

Aunque esta última idea que defiende que lo importante está en el interior y no en el exterior, puede parecer sacada de un libro de autoayuda, lo cierto es que somos mucho más que una piel tersa o un vientre plano. Por encima de todo somos personas y nuestra valía no tiene nada que ver con nuestro aspecto físico.

Hace un par de días leí una especie de artículo en MSN titulado ‘Tienen poco busto y lucen espléndidas’. Ya sé que de este titular no podía salir nada bueno, pero cuando quise darme cuenta mi dedo ya había hecho clic con el ratón y ya estaba dentro. Se mostraba a diferentes mujeres famosas que tienen un pecho pequeño y una carrera llena de éxitos. Creo que quien escribió el artículo pretendía lanzar un mensaje positivo como 'aunque tengas poco pecho, puedes triunfar en la vida', pero el simple hecho de tener que recalcar algo así me parece absolutamente machista. Estas son algunas de las perlas que encontré:

“Poseer un busto grande es considerado como una señal de sensualidad. Sin embargo, algunas celebridades rompieron con el paradigma y no sucumbieron a la tentación de operarse.”

 Aquí ya te están dejando claro que si tienes poco pecho no eres una persona sensual. Acéptalo. Y por cierto, operarse el pecho es toda una tentación a la que sólo con la suficiente fuerza de voluntad podrás sucumbir.

“Keira Knightley: la actriz, famosa por su papel en  'Piratas del Caribe', tiene buen gusto a pesar de tener un busto pequeño.” 

Ese ‘a pesar de’ me sobrecoge el alma. 

“Gal Gadot (sobre su participación en la película Batman V Superman): su complexión y el tamaño de sus pechos fueron rechazados por los fans de la película. Al final, su actuación convenció a la mayoría.” 

¡Increíble! ¡Con pecho pequeño y todo al final actuó bien!

“Taylor Swift: su pequeño busto no ha impedido que su popularidad decaiga en lo más mínimo.” 

¿Cómo es posible que una mujer con poco pecho pueda ser popular?

Para terminar, al hilo de todo esto y nombrando de nuevo a Keira Knightley, en el verano de 2014 la actriz posaba en topless para la revista 'Interview Magazine'. Si Jennifer Aniston ha tenido que defender hasta la saciedad su, de momento, no maternidad, a Keira le ha tocado hacer lo mismo con sus pechos pequeños. En más de una ocasión la actriz ha defendido que no es menos mujer por ello, llegando a reivindicarlo con este posado. 

“Es una fuerte declaración de intenciones y una victoria para las mujeres de pechos pequeños", asegura la columnista Claire Cohen en el Daily Telegraph. "Los pechos realmente pequeños no se han considerado tradicionalmente como deseables. A menudo son ignorados. Al posar en topless, Keira está refutando todo eso. Está desechando la idea de lo que deberían o no deberían ser las formas de una mujer desnuda, tomando control de su propia imagen y diciendo: Soy yo".


Bravo por Keira Knightley, Jennifer Aniston, Inma Cuesta y todas esas mujeres que se atreven a alzar la voz y están poniendo su granito de arena para conseguir que la sociedad acepte de una vez que las mujeres no somos un objeto, que existen muchas maneras diferentes de sentirnos realizadas y que cada una debe escoger la suya sin miedo a ser juzgadas.


"Eres perfecta y aun así no te das cuenta"
Luis Ramiro


domingo, 7 de febrero de 2016

ODA AL CINE ESPAÑOL

No me matéis por decir esto,  pero creo que en España tenemos tendencia a tirar por tierra todo lo patrio. Hace algunos años yo misma apenas veía cine español, y compartía esa opinión que todavía escucho de muchas bocas y que defiende que nuestro cine es de segunda clase. No sé si ha cambiado el cine, he cambiado yo o ambas cosas, pero últimamente me he dado cuenta de que la mayoría de las veces que pago una entrada, lo hago para ver una película española, y casi siempre salgo de la sala con una sensación agradable que me dice que aquí, en nuestra casa, hay talento y del bueno. Así que, cuando escucho  frases como “en España no hay buenos actores”, inevitablemente me siento como esa madre a la que le dicen  que su hijo está gordo. 

Como prueba de mi amor por el cine español, anoche me tragué enterita una de las galas de los Goya más soporífera de los últimos años. Básicamente estuvo compuesta de números musicales sin sentido, las bromas de Dani Rovira, que a mí personalmente han dejado de hacerme gracia después de sus desafortunados comentarios en 'El Hormiguero', y los discursos interrumpidos de los premiados (es posible que sólo ganes un Goya en la vida, y no le dejan a uno ni dedicárselo a su madre). Además, ayer mi intuición debía estar a otra cosa, porque no di ni una. Visualizaba perfectamente cómo Álex García e Inma Cuesta (esta mujer se está convirtiendo en Antonio de la Torre, siendo siempre nominada y nunca premiada) se iban para casa con su Goya bajo el brazo, pero no. Aunque sin duda, mi gran apuesta de la noche era Leticia Dolera como mejor directora novel, pero tampoco.

Y por fin llegué al sitio al que, después de dos largos párrafos, quería llegar: la ópera prima de Leticia Dolera como directora, ‘Requisitos para ser una persona normal’. Soy muy pesada, y si algo me gusta, no paro de recomendárselo a todo el mundo con el que me encuentro (el año pasado no me quedé tranquila hasta que mi hermano vio ‘The fall’), así que aquí estoy intentando convenceros para que veáis esta peli, porque no sabéis lo que os estáis perdiendo. 


‘Requisitos para ser una persona normal’ es una historia valiente que alza la voz para poner en tela de juicio todas esas cualidades que la sociedad nos exige cumplir para poder integrarnos dentro de la misma. La protagonista, María de las Montañas, es una treintañera licenciada en publicidad y con un máster, en paro, que tiene que volver a casa de su madre por no poder pagar el alquiler. Además, no tiene novio, ni amigos, ni aficiones y la relación con su familia está algo deteriorada. Resumiendo, María de las Montañas es un auténtico desastre. Es esa niña con la que nadie quiere jugar en el colegio, a la que nadie invita a sus fiestas en el instituto y que pisó mucho más la biblioteca que la cafetería en la universidad. Pero su vida empieza a cambiar cuando, en una entrevista de trabajo, su cerebro hace clic y se da cuenta de que ella es una pieza que no encaja en ese puzzle al que llamamos sociedad.


Pido disculpas de antemano, pero con vuestro permiso voy a sacar un momento a esa niña repelente y marisabidilla que llevo dentro.  Ahí voy. Recuerdo que en una de mis clases de Ética y deontología profesional, en el último año de universidad, la profesora hablaba de la moral, y nos contaba que hay autores que apoyan la existencia de una moral natural, la cual defiende que todos actuamos de la misma manera, y que quien se sale de esta forma de actuación determinada sería considerado antinatural (tomando como base esta teoría, no hace tanto tiempo, se pretendía ‘curar’ a los homosexuales mediante electroshocks). En aquellas clases en las que debatíamos sobre todo esto, concluíamos este asunto haciéndonos la siguiente pregunta: ¿Quién tiene potestad para determinar lo que es natural y lo que no? ¿Quién en este mundo tiene la verdad absoluta para decir que algo es normal y que algo no lo es?

Viendo esta película me acordé de todo esto porque al final llego a la misma conclusión: ¿quién puede afirmar que María de las Montañas no es una persona normal? Aunque supongo que el estatus de ‘persona no normal’ directamente se lo pone uno mismo al sentirse fuera de lugar la mayor parte del tiempo. Exacto, más que una etiqueta, creo que es un sentimiento que uno lleva a cuestas desde que nace.

Como veis, no se trata de una película hueca y vacía. Nos permite pensar, reflexionar, mirar dentro de nosotros, hacernos preguntas y conocernos mejor. Y todo esto le da valor y la sitúa dentro del cine más necesario. 


Seguro que todos en algún momento de nuestras vidas hemos sentido que no encajábamos en el contexto en el que nos encontrábamos, así que es inevitable que viendo esta película nos venga a la cabeza aquella cena a la que asistimos una vez, con personas que poco o nada tenían que ver con nosotros y en la que se hablaba de temas que ni nos iban ni nos venían. Y allí estábamos, preguntándonos ¿qué hago yo aquí? y anhelando estar en nuestro sofá, con nuestro pijama, tomándonos un Cola Cao mientras vemos ‘Mad Men’, aplicando el dicho ‘mejor solo que mal acompañado’.   

Creo que precisamente por esto ‘Requisitos para ser una persona normal’, ha tenido tan buenas críticas y recibido tantos reconocimientos. Porque, aunque quizás está llevada al extremo, es muy fácil sentirse identificado con la historia que cuenta. Al final Leticia Dolera lo que ha hecho ha sido plasmar con mucho talento en una película, aquello que todos pensamos y vivimos, convirtiéndose así en la voz de una generación, como ya hiciera Lena Dunham hace unos años con ‘Girls’. 

No sólo estamos viviendo una crisis económica, también existe una crisis social (además de la política, pero ese es otro tema), que finalmente nos ha llevado a una auténtica crisis personal. Invertimos esfuerzo y dinero en estudiar una carrera, para terminar trabajando en un Mc Donalds, lo cual, además de no permitirnos vivir de manera independiente, provoca que no nos sintamos realizados. Socialmente, nos han educado grabándonos a fuego ideas erróneas, como que todos tenemos que confeccionar nuestra vida siguiendo un mismo patrón: casarnos, comprarnos un piso y formar una familia. Conseguir todo esto en un país como España en la actualidad es poco menos que misión imposible, y al final con todo este caldo de cultivo acabamos pensando que no somos personas normales porque no encajamos en esta sociedad. 

Leticia Dolera ha cogido todos estos ingredientes y ha sabido unir muy bien un montón de piezas para conseguir como resultado una película brillante. Con todas esas piezas me refiero a un reparto acertadísimo (aquí he descubierto a Manuel Burque, y me temo que este va a ser un amor para toda la vida), un vestuario a cargo de Dolores Promesas muy cuidado y que trasmite a la perfección  la esencia del personaje, un guión cargado de humor inteligente y una banda sonora indie que no podrás parar de escuchar (Luthea Salom, otro gran descubrimiento).


Al final, esta historia que narra la lucha constante de María de las Montañas por convertirse en alguien normal, es una historia divertida y muy optimista que pretende decirnos que lo importante no es encajar en la masa, sino ser nosotros mismos y aceptarnos tal y como somos, y esta, estoy segura, es la mejor receta de la felicidad.

Viva la cultura, viva nuestro cine, vivan nuestros actores y toda la gente que trabaja duro para contar historias que nos hacen soñar delante de una pantalla. 
 
"Blanca abrazaba furiosamente a su hija, la cubría de besos y le decía que había que agradecer a Dios que ella fuera normal. Por eso, Alba creció con la idea de que la normalidad era un don divino."
 
La casa de los espíritus - Isabel Allende




jueves, 24 de diciembre de 2015

PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO

Durante esta última semana del año, además de comprar regalos y atiborrarnos de turrón, toca hacer balance de los últimos doce meses. No sé vosotros, pero yo intento por todos los medios eludir esta tarea, porque sólo me sirve para darme cuenta de que, al final, aquella lista de propósitos que escribí allá por el mes enero, fue relegada al olvido a los pocos días.  Hoy, un año después, vuelvo a rescatarla para reprocharme a mí misma que no me apunté ni al gimnasio ni a las clases de alemán.  Pero yo me niego a tirar la toalla, porque puede que algún día los astros se alineen y yo cumpla con alguno de los propósitos de año nuevo. A pesar de ser española y tener arraigada la idea de dejar para mañana eso que puedo hacer hoy, yo no pierdo la esperanza, así que ahí va mi lista de propósitos.


Escribir una lista de propósitos: al menos así me aseguro de que por lo menos cumplo uno. Aquí está la prueba, y vosotros de testigo. Ahora en serio, para mí escribir los propósitos es todo un propósito en sí. Ha habido años que, aun queriendo hacerlo, no lo he hecho. El tiempo pasa muy deprisa, vas dejando las cosas para mañana y cuando te quieres dar cuenta ha llegado el mes de mayo y tu intención de escribir los propósitos de año nuevo pierde su sentido, si es que alguna vez lo tuvo. Acabo de haceros un favor enorme al desvelaros esto. ¿Por qué sentiros mal por no haber cumplido ni un solo propósito este 2015 cuando tenéis aquí una auténtica aberración humana que ni si quiera fue capaz de poner los suyos en un papel? De nada.

Tomar sólo una copa en la cena de empresa: hay propósitos que repito un año tras otro y que podríamos denominar como los clásicos, como por ejemplo, no picar entre horas. Éste sin embargo es toda una novedad, ya que se me ocurrió hace sólo cinco días, justo la mañana siguiente a mi cena de empresa. Está claro que en este tipo de eventos no puede ocurrir nada bueno. Aquello empieza con unos entrantes, de manera inofensiva, mientras conversáis de cine (‘Ocho apellidos catalanes’ monopolizó mi cena y sé que la vuestra también), teatro, restaurantes… lo normal. Poco a poco la cosa se va animando, y cuando llega ese trágico momento en el que abandonáis el restaurante para ir a una discoteca, la cosa se sale de madre. 


Ya sabéis, la historia de siempre, momento exaltación de la amistad, conversaciones incoherentes y un largo etcétera. De pronto comienzan a salir a la luz secretos, y tu jefe acaba enterándose de que no contasteis con él para comprarle el regalo de despedida a esa compañera que se fue de la empresa en octubre, porque algún bocazas se va de la lengua. Sí, a veces esa bocazas soy yo. No entiendo como teniendo la boca tan ocupada en injerir una copa tras otra me las ingenié para hablar tanto.  Habilidades ocultas que tiene una y que un día, de pronto, salen a la luz. Y hablando de cosas que salen a la luz, precisamente es en una cena de empresa donde la gente descubre que te gusta La Gozadera -entendedlo, es La danza Kuduro del  2015. Esperamos impacientes cuál será la del 2016-, después de emocionarte las cuatro veces que la pusieron (¡cuatro!).  Y claro, después de eso, es imposible que la gente vuelva a mirarte de la misma manera. 


“Y se formó la gozadera
Miami me lo confirmó
Y el arroz con habichuelas
Puerto Rico me lo regaló”

Y ahora, con la mano en el corazón, decidme ¿quién ha sido capaz de no sucumbir a este arte natural de construir versos?

Y luego está ese baile. Mira que lo he intentado, pero no lo consigo. Soy incapaz de hacer esos movimientos circulares con las manos y con el cuello a la vez, me resulta imposible coordinar ambos. Es como decir si con la cabeza y no con la boca. Una auténtica proeza.

Pero no nos desviemos del tema, que si no recuerdo mal el asunto que nos ocupaba era la cena de empresa. ¡Ay, qué inocentes somos esa noche de viernes pensando que el lunes queda muy lejos! Pero el lunes llega en un abrir y cerrar de ojos, y con él, ese momento en el que tienes que volver a la oficina y sentarte frente a tu ordenador para adoptar ese rol de persona seria que nunca jamás en la vida ha bailado La Gozadera.

No me gusta dar consejos, pero si aún estáis a tiempo de evitarlo, huye tú que puedes. La combinación La Gozadera + Copas + Jefe no sale bien. Es una contradicción en sí misma. Hacedme caso, tomaros una copa e iros a casa. O bueno, iros de copas con vuestros amigos, que con ellos no tenéis que guardar las formas y esos al fin y al cabo, contigo ya están curados de espanto.

Leer clásicos: un año después repito propósito. Tengo tantos títulos en mente que no sé por dónde empezar: ‘Los miserables’, ‘Anna Karenina’, ‘El gran Gatsby’, ‘Lolita’… Aquí no tengo la batalla perdida del todo, ya que 2015 para mí será, entre otras cosas, el año que leí ‘Orgullo y prejuicio’. Aunque a mi favor diré que la culpable ha sido Camilla Lackberg y su serie Fjällbacka, que me ha atrapado y no he podido parar hasta leerme los, de momento, nueve libros que componen la saga. No puedo estar a todo.

Ir al teatro sola: ¡qué trabajo me cuesta encontrar a gente de mi edad a la que le guste el teatro! Al final tengo que arrastrar a mi pobre madre para que me acompañe, a quien tampoco le gusta el teatro, pero al fin y al cabo ella es la única persona del mundo programada genéticamente para hacer cosas por mí. El caso es que cuando finaliza la obra en cuestión, y estamos saliendo del teatro, yo suelo decir, sin contener mi euforia: “¡Me ha encantado! ¡Qué divertida! ¡Cuánto me he reído! ¡Qué bien actúa este hombre! ¿A ti te ha gustado?” Y es entonces cuando de su boca sale una especie de sí que parece el quejido de un gato moribundo. Y yo, que siempre he sido muy perspicaz y sé leer entre líneas, deduzco que en realidad no le ha gustado nada y que habría preferido pasar la tarde en el dentista sacándose la muela del juicio. Y es entonces cuando mi conciencia decide hacerme sentir mal e intenta convencerme para que la próxima vez vaya sola.


Oye, que a mí me encanta pasar tiempo sola y como dice Álex Rovira “pocas cosas dan más de sí que la soledad bien aprovechada”, pero creo que ir al cine o al teatro solo es tarea de valientes. Me veo llegando al teatro y pidiendo una (¡una!) entrada en la taquilla, mientras empiezo a maquinar “¿Qué estará pensando este hombre de mí? A ver si va a llamar a Servicios  Sociales, se van a presentar aquí y me van a hacer una inspección de… no sé, el tipo de inspección que le hacen a las personas que no tienen amigos”

Y una vez superada esa primera barrera, estaré allí, sentada en mi butaca, toqueteando el móvil, fingiendo que, al estar enfrascada en una interesante conversación de WhatsApp con mis amigos, esos que no han podido venir conmigo al teatro, no me doy cuenta de que todo el mundo me mira y murmura. Y es entonces cuando alguien me pone una mascarilla de esas que llevan algunos japoneses en el metro de Madrid (yo también lo haría, que a saber lo que  se puede pillar en uno de esos vagones). “¡No se acerquen! ¡Lo que tiene puede ser contagioso!”- gritarán asustados. De pronto, al considerarme un espécimen digno de estudio, me inmovilizarán para hacerme un análisis de sangre, y tras un pequeño forcejeo, finalmente varios enfermeros  me encerrarán en una jaula para transportarme a una clínica en la que pasaré algunas semanas durante las cuales un equipo de psicólogos examinarán mi conducta.

Pero no nos alarmemos, esto no tiene por qué ocurrir, sólo en el peor de los casos. Otra posibilidad es que acuda al teatro sola, la gente apenas repare en mí, disfrute de la obra y vuelva a mi casa sana y salva.

Hacer ejercicio: sé que éste es un propósito de manual, y por eso, había que incluirlo. Hacer una lista de propósitos sin él sería tan desconcertante como una Semana Santa sin lluvia. El deporte y yo nunca nos hemos llevado bien. En el instituto yo era de las que suspendía Educación Física, y el día que me tocaba esta asignatura, al levantarme por la mañana sudaba con solo pensar que me tenía que poner un chándal. Querido chándal, puede que poseas el honor de ser la prenda más fea de la historia, por delante incluso de la riñonera y las blusas con hombreras.

A pesar de ser de natural patoso, ha habido otros momentos en mi vida en los que me propuse hacer ejercicio y en los que incluso lo intenté.

Corría el verano 2007 y mi hermano y yo decidimos apuntarnos al gimnasio, pero cometimos un pequeño error de cálculo: en los bajos de dicho gimnasio había un Mc Donalds ¿A qué clase de mente perturbada se le ocurrió semejante invento? Diseñamos entonces una rutina que cumplíamos a rajatabla: todas las mañanas íbamos al gimnasio y después, al salir, nos tomábamos un Mc Flurry. Ahora lo pienso y es como si cada vez que fueras a la peluquería, al llegar a casa te mojaras la cabeza, pero a nosotros en ese momento nos parecía de lo más normal. Sí, sí, lo habéis adivinado, aquello no duró ni un mes. El precio del Mc Flurry no hay bolsillo que lo aguante. 

Pero aquí no terminó la historia. Cuando nos cansamos de ir al gimnasio, delante de mi madre fingíamos que seguíamos yendo, ya que era ella quien nos lo pagaba (como decía un personaje de ‘Aquí no hay quien viva’, éramos estudiantes, gente humilde). Así que cada mañana salíamos de casa fingiendo que íbamos a hacer deporte y en realidad nos íbamos a desayunar a Rodilla. Lo peor es que al llegar a casa echábamos una camiseta limpia a lavar, como si la hubiéramos sudado en la cinta de correr. Mi madre tenía que creérselo y para ello había que cuidar todos los detalles y no dejar un solo cabo suelto. ¿Qué por qué no dejamos directamente de pagar el gimnasio? Pues eso me pregunto yo, pero imagino que algo tendría que ver con el hecho de que nos costó convencer a mi madre para que nos pagara el gimnasio diciéndole que era supernecesario y que íbamos a ser muy constantes, y al final ella tenía razón y a los dos días nos cansamos. Pero no podíamos reconocerlo, aquello era una cuestión de orgullo. Tampoco dejamos que esa pantomima durara demasiado, nuestra maldad tiene límites.

Un par de años después, en el verano 2009, aprovechando que las clases de la universidad habían terminado, durante dos semanas de julio – tres a lo sumo-  madrugué cada mañana para salir a correr (cómo se nota que estábamos en el 2009, ahora decimos hacer running).  Con una gran voluntad salía yo con mis mallas y las zapatillas más baratas que encontré en Decathlon - me niego a gastar mi dinero en ropa deportiva, hasta ahí podíamos llegar -, me ponía mis cascos, le daba al play, y las canciones de Michael Jackson empezaban a sonar para darme el ánimo que tanto necesitaba (recuerdo que este pedazo de genio acababa de morir y todos rescatamos su música en aquel momento). Corría durante un tramo y cuando empezaba a hiperventilar, bajaba el ritmo y comenzaba a andar deprisa. Aquí lo que me hirió más profundamente fue que señores de la edad de mi padre me adelantaban y me decían “¡Vamos hombre! ¡Con más ritmo!” Tocada y hundida. Desde entonces no he vuelto a ser la misma.


Como me niego a seguir haciendo el ridículo en público, he decidido hacer deporte en casa. Ya he escrito mi carta a los Reyes Magos y les he pedido una bici estática. He depositado todas mis esperanzas en ellos, así que si no me la traen, ellos y sólo ellos serán los culpables de que este verano tenga que mantener mis piernas escondidas bajo faldas largas o pantalones palazzo.

Viajar: Y después de haber dejado mi reputación por los suelos, por fin ha llegado el momento de regodearme un poco, y es que puede que viajar haya sido el único propósito que he cumplido este año. Ya barajo algunos destinos para 2016, como Venecia, Marsella, Dublín y cualquier otro destino al que Ryanair vuele desde Madrid. Por cierto, desde aquí le pido a esta compañía que por favor renueve un poco el catálogo para evitar que acabemos cayendo en bucle.


Hacer yoga, retomar las clases de inglés, alimentarme de una manera más sana, aprender a hacer punto, actualizar el blog más a menudo… esta lista podría ser interminable y estoy cayendo en la cuenta de que para llevarla a cabo no sólo voy a necesitar mucha fuerza de voluntad, sino también reducir mis horas de sueño a tres diarias.

Y es ahora cuando veo claramente que esto no es factible y que lo mejor que podemos hacer es disfrutar de cada una de las cosas que hagamos durante ese año que aún está por venir. No quiero acumular tics verdes en mi lista a costa de un ataque de ansiedad. Al final lo importante no es hacer más cosas, sino hacerlas bien.

En primero de bachillerato, al menos en mi época, ‘Don Quijote de la Mancha’ era lectura obligatoria. Sin embargo, yo no tuve que leerlo porque mi profesor decía que era un libro para leer por gusto y no por obligación. Muchas veces me acuerdo de la moraleja que me enseñó aquello, y es que hay que hacer las cosas cuando a uno le apetece hacerlas, y sólo así pueden disfrutarse, de lo contrario se convierten en una tortura. En ningún sitio está escrito que en 2016 yo tenga que leerme ‘Los miserables’, viajar a Marsella y aprender a hacer punto. Quizá lo haga en 2016, o quizá en 2022 o quizá nunca, lo que tengo claro es que el día que lo haga será por gusto y no por obligación.

Feliz Navidad y próspero Año Nuevo.

sábado, 14 de noviembre de 2015

LOS MALOS NO PUEDEN GANAR

Creíamos que hoy iba a ser un día cualquiera. Un sábado normal y corriente, en el que tenías pensado pasar la mañana haciendo recados y ponerte guapa por la noche para salir a cenar. Te despiertas a las ocho, mucho antes de lo que te habría gustado, remoloneas un rato en la cama, y después de quince minutos decides abandonar la calidez y suavidad de tu almohada para salir ahí fuera. Enciendes la tele y mientras untas la tostada descubres que mientras tú dormías, más de un centenar de personas inocentes han perdido la vida en París a causa de un atentado yihadista. “¡Joder, otra vez! ¿Cuándo va a parar esta gente?”- dices indignada no sabes muy bien a quién, quizá a tu perro que está tumbado a tu lado hecho un rosco, ajeno a todo el horror que este mundo es capaz de acoger.

Llevo todo el día dándole vueltas a la cabeza, supongo que como todos, preguntándome qué hace que alguien llegue a ese punto de locura  para ponerse a matar a todo el que se le ponga por delante. En qué momento un ser deja de ser humano y decide terminar con las vidas de otros, de hijos, padres, hermanos, novios y amigos de aquellos que en este momento lloran su pérdida y quienes desde hoy tendrán que aprender a vivir con un vacío que no volverá a ser llenado nunca.

Hoy todos somos París

Cuando ocurren cosas así uno se plantea muchas cosas que, desgraciadamente, a los pocos días vuelve a olvidar. Pasamos una parte importante de nuestro tiempo enfadados por estupideces. Que la cisterna pierda agua o que se nos estropee el wifi, puede llegar incluso a amargarnos el día. Cuando amaneces con noticias como la de hoy, todos estos ‘problemas’ se convierten en humo y te das cuenta de la cantidad de energía que desperdicias al cabo del día en nimiedades de este tipo. Tal y como nos recuerda ‘American Beauty’, “la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado”.

Además, otro de nuestros errores es vivir como si fuéramos a estar aquí eternamente, posponiendo aquello que nos da miedo o pereza. Odiamos nuestro trabajo, pero nunca vemos el momento de buscar un empleo mejor. Nos encantaría vivir la experiencia de probar suerte en otro país, pero ahora no tengo tiempo para experimentos, quizás en un par de años me decida. Y en cuanto a ese atrevido cambio de look que más de una vez nos hemos planteado, pues qué quieres que te diga, hoy por hoy no me siento preparada para cortar mi melena, con lo que luego tarda el pelo en crecer. Nos encanta dejarlo todo para mañana, pero quién nos dice que habrá un mañana. En momentos así la frase “vive como si fuera el último día de tu vida” cobra más sentido que nunca.


Es posible que penséis que soy una dramática y que me estoy pasando de intensa (yo estoy pensando exactamente lo mismo), pero aun asumiendo el dramatismo e intensidad de mi planteamiento, la realidad es que por desgracia el yihadismo está cada día más presente en nuestras vidas y estos fanáticos religiosos están convirtiendo Europa en un auténtico campo de batalla. Quizás un día cojamos el tren que a diario nos lleva al trabajo, y no regresemos nunca más. Por eso mismo, hoy más que nunca, deberíamos vivir como si fuera el último día de nuestra vida, y lo que tenga que ser, será.

Sabiendo que Europa está bajo amenaza terrorista, lo normal sería sentir miedo, y sin embargo es justo eso lo que debemos evitar. He leído en GQ que “una de las equivocaciones que se pueden cometer ahora es aceptar un cambio en nuestro modo de vida. Han sido atacados elementos de la civilización: el ocio, la cultura, el placer o el humor. Como recordaba un dibujante de Charlie Hebdo, hay que luchar disfrutando.” Quizá esperen que nos quedemos encerrados en casa por miedo a ser asesinados en un teatro, un tren o un centro comercial. De ninguna de las maneras. Tenemos que hacer gala de libertad y seguir viviendo como nos plazca. Sigamos disfrutando y apostando por una sociedad tolerante y abierta. Es el mejor homenaje que podemos brindar a las víctimas y la mejor manera de demostrar que no vamos a dejarnos vencer. Porque los malos no pueden ganar.

"Matar a un hombre para defender una idea, no es defender una idea, es matar a un hombre"

Sebastián Castellion



sábado, 7 de noviembre de 2015

LOS SETENTA HAN VUELTO

El frío ya está aquí. Ya hemos entrado en noviembre. Es definitivo. En menos de que te des cuenta estarás frente a la tele viendo a Ramón García en la Puerta del Sol, con tu vasito de uvas a mano esperando a que suenen los cuartos, mientras aguantas los chistes de ese cuñado al que no soportas y junto al cual tienes que compartir mesa una nochevieja tras otra. Que no lo digo yo. Que lo dice Antena 3, cadena que ahora mismo, mientras escribo estas líneas, emite una película navideña. Esto corre demasiado deprisa, y yo aún no he superado el final del verano.

Cuando hace dos semanas reuní el valor necesario para hacer el cambio de armario, de pronto, sin darme cuenta, una lágrima resbaló por mi mejilla al descubrir una bolsa de playa con restos de arena. Como soy de las que les gusta echar sal en la herida, no pude evitar arrimar mi nariz para comprobar que, efectivamente, el olor a protector solar seguía allí. Y fue en ese justo momento cuando la nostalgia, de la que os hablaba también en mi último post, se apoderó de mí. Me di cuenta que tocaba despedirse hasta el próximo año de tomar copas en terrazas, de darse un baño en una piscina, de la jornada intensiva en el trabajo o de que el sol nos acompañe hasta la hora de cenar. Todo esto será sustituido por cosas tan desagradables como esperar el tren en un andén a las siete de la mañana mientras te pelas de frío o salir de trabajar cuando ya ha anochecido. Ay otoño, qué difícil nos pones eso de quererte.

Pero en fin, la vida es así. Hay que mirar hacia delante y superar este trago de la mejor manera posible. Si lo piensas bien, la llegada del otoño y del frío también tiene sus ventajas. Se duerme mucho mejor bajo las mantas, el paisaje se tiñe de bonitos tonos ocres y marrones que nos dejarán un buen puñado de fotos con las que fardar en Instagram, dejaremos de escuchar ‘La Gozadera’ a todas horas (hasta el título da repelús) y es tiempo de castañas asadas y de merendar churros con chocolate. Además, toca renovar el armario, así que dejémonos de tanto dramatismo, que no hay pena que una tarde de compras no consiga aliviar.

Ojeando catálogos, revistas de moda y blogs me he dado cuenta de que este otoño invierno va a ser realmente innovador. Son muchas las tendencias nuevas a adoptar, que no vestíamos el año pasado. No sé si a vosotras os ha ocurrido algo parecido, pero con tanta novedad, en mi cerebro se ha producido una especie de cortocircuito y tengo un desorden de ideas importante. En situaciones así lo que mejor me funciona es coger papel y boli y hacer una lista (creo firmemente que el mundo sería un lugar mejor si todo el mundo hiciera listas). Así que ahí va una lista de las principales tendencias de este otoño invierno 2015/2016.

1. Falda trapecio y camisa con lazada al cuello

A finales de marzo Felicity Jones presentaba su peli 'True Story' así vestida. Su look define a la perfección las tendencias de este otoño invierno, y en aquel momento era un preludio de lo que estaba por venir. Diría que la falda trapecio, ya sea de pana, ante o tejido vaquero, con sus inconfundibles botones en el medio, se ha convertido en la prenda estrella de la temporada, y es que este invierno mires donde mires y estés donde estés, verás una. Y lo mismo ocurre con la lazada al cuello. A la camisa tradicional de toda la vida se le da una vuelta de tuerca añadiendo un detalle tan simple como este.


2. El pantalón de campana

El pantalón de campana nos ha demostrado que quien la sigue la consigue. Ya hablé por aquí de él y comentaba su posición en una segunda línea, detrás del pitillo. Parece que por fin ha dado el salto, y es que con una temporada inspirada en los años setenta, no podía ser de otra manera.


3. El pichi

Volveremos a vestir pichi, esa mezcla entre el vestido y el peto, y que a la mayoría nos recuerda a nuestra infancia. Perfecto para combinar con camisas o jerséis de cuello vuelto. Nos dará un toque aniñado.


4. Zapatos kitten heel

A medio camino entre el zapato plano y el tacón de vértigo, este tipo de calzado nos ayuda a conseguir un look muy femenino, sin necesidad de sufrir por ello. Quién iba a decirnos que los zapatos que han llevado nuestras abuelas se convirtirían en tendencia en el año 2015. La moda es así.


5. Terciopelo vs ante

Pantalones, chaquetas, vestidos, faldas… todo se cubrirá esta temporada de terciopelo y de ante, dos tejidos que hacía años que no se dejaban ver, aunque el ante ya empezó a despuntar este verano.


6. Estilo boho chic

Tejidos como el ante y prendas como el pantalón de campana, se unen con detalles como los flecos o los estampados con motivos étnicos para conseguir el característico estilo boho chic. Años setenta en estado puro.


7. Jerséis sin mangas

Siguiendo la línea setentera, los chalecos de punto de estampado geométrico son todo un must have.


8. Estampado de cuadros

Los cuadros, en sus distintas variantes, ya sea el estampado príncipe de gales, pata de gallo o tartán, han venido pisando fuerte. Con ellos conseguiremos un perfecto look estilo british.


9. Abrigo marinero

Afortunadamente para nuestra cartera, hay algo que aún podemos rescatar del armario. El clásico abrigo marino o negro de botones dorados que hemos llevado temporadas atrás, este año se ha convertido en una prenda indispensable.


¿Ya os habéis hecho con alguna de estas tendencias? ¿Se os ocurre alguna otra que añadir a la lista?



domingo, 13 de septiembre de 2015

FINALES

Odio los finales. Bueno, en realidad, sólo odio algunos finales, porque a veces hay cosas que piden un final a gritos, como un viaje en autobús de Madrid a Barcelona, la saga de Crepúsculo, un domingo de resaca  o Anatomía de Grey (señores guionistas por favor, terminen ya con eso). Pero las cosas bonitas, las cosas bien hechas, esas a las que cuesta decir adiós, no deberían terminarse nunca. 

Hoy, cuatro meses más tarde que el resto de los mortales (dejadme, yo llevo mi propio ritmo), he visto el último capítulo de Mad Men. Y aquí estoy, suspirando cada dos minutos mientras me pregunto  con qué voy a llenar yo ahora mi vida y cómo voy a ser capaz de superar esta pérdida. Se inicia para mí un auténtico proceso de duelo.


Recuerdo que un primo mío, cuando era pequeño y estaba viendo algunos dibujos en la tele, cada día al terminar el capítulo decía: “¿Por qué termina si estoy viéndolo yo?” Pues en momentos así, una parte de mí vuelve a ser una niña, se cruza de brazos, patalea y grita: “¡Ey! ¡Me encanta Mad Men! ¿Cómo habéis sido capaces de acabar con ella?”.

Decirle adiós a Mad Men, significa decirle adiós a Don Draper, ese hombre al que he amado y odiado a partes iguales. Si me cruzara con él por la calle no sabría si abrazarle o darle una bofetada. Creo que hasta me enfadé cuando descubrí que le ponía los cuernos a Megan con la vecina (en serio ¿cómo pudo hacerle eso?), con pillada de la hija incluida. Mentiroso compulsivo con un pasado oscuro y problemas con el alcohol… en fin, lo tenía todo. Y sólo él podía ser adorable reuniendo todas estas cualidades. Y es que, a pesar de todo, resultaba realmente encantador.


También toca despedirse de Peggy Olson, cuya evolución a lo largo de las siete temporadas me ha parecido brutal. Como espectadora y lectora empedernida que soy, sé que a los personajes con los que uno se siente identificado, se les coge especial cariño. Es inevitable. Pues justo eso es lo que me ha pasado a mí con ella. A ratos me veía reflejada en algunos rasgos de su personalidad y quizá por eso la convertí en mi favorita. No era la más guapa, ni la más delgada, ni la más estilosa, pero era Peggy.


Mención aparte merece ese maravilloso vestuario, el cual constituía uno de los atractivos de la serie y caracterizó a ésta desde sus comienzos. Atrás quedarán esos vestidos lady de Betty, los impecables trajes de Don o los looks poperos de Megan.



Me da pena decir adiós a todo esto y, como buena nostálgica que soy, no puedo deshacerme de la morriña, ese sentimiento que va unido a los finales de las cosas buenas. Como cuando descargas las maletas en la puerta de casa después de esas vacaciones familiares en Ribadesella, con perro incluido. O cuando termina el verano y el otoño llama a tu puerta esa noche en la que tienes que sacar una manta del armario de manera improvisada. O cuando esperas la salida de tu avión mientras ese fin de semana en Mallorca con amigas a las que hacía tiempo no veías toca a su fin. O cuando haces balance el día 31 de diciembre de un año memorable. En momentos así, se junta la alegría que provoca lo bueno que has vivido, con la pena de saber que ya es pasado, y piensas que lo que venga después sólo puede ser peor. Exacto. Habrá más series después de Mad Men, pero sólo pueden ser peores. 



viernes, 10 de julio de 2015

DAKOTA JOHNSON VS CARA DELEVINGNE


Nunca he seguido mucho a Cara Delevingne, así que poco sabía de ella, pero había una cosa clara: la imagen que tenía en mi cabeza era negativa. “Tiene toda la pinta de ser una fiestas medio pirada”. – pensaba yo. Prejuicios se le suele llamar a esto. Qué pena no llegar a deshacernos del todo de ellos.

El pasado miércoles pudimos verla en 'El Hormiguero', y la verdad es que ella sola derribó por completo esa imagen que tenía preconcebida. Demostró que es una mujer muy carismática, además de divertida, graciosa, cercana y agradable. En definitiva, totalmente encantadora. Durante todo el programa se comportó de una manera muy natural y espontánea, como si no hubiera cámaras delante, como si en lugar de estar en un plató de televisión rodeada de personas desconocidas, estuviera en un bar tomando cañas con sus amigos.


Sin embargo, la semana pasada fue Dakota Johnson la que visitaba el mismo programa, y la imagen que dio fue bien distinta. Totalmente rígida, con sonrisa nerviosa y parquedad de palabras respondía a las preguntas de Pablo Motos y no sabía dónde meterse cuando éste echó mano de su manida lista de piropos (que este hombre le tire los trastos a las invitadas parece ser requisito indispensable del programa). Podríamos tacharla de sosa, pava e incluso de antipática, pero creo que en realidad todo puede resumirse en esto: es tímida.


He leído y escuchado comentarios sobre el paso de estas dos mujeres tan diferentes por el programa de las hormigas, y casi todo el mundo coincide en su veredicto: Cara es simpática y graciosa mientras que Dakota es  insustancial y aburrida. Tras el estupendo programa que nos brindó la primera más de uno no dudó en compararla con la segunda: “Igualita que Dakota la semana pasada, que apenas decía una palabra”.

En realidad no tengo demasiado interés en hablar ni de Dakota Johnson ni de Cara Delevingne, pero sí de los dos tipos de personas que ambas representan: la tímida y la extravertida.

Hace algunos meses leí un libro llamado 'El don de la sensibilidad', y en él encontré una idea que quedó grabada en mi cabeza: estos dos tipos de personas son tan opuestos como necesarios y ninguna es mejor ni peor opción que la otra. Cada uno aporta algo igual de valioso y sin lo que no podríamos vivir.

Este libro habla de, entre otras cosas, un estudio que realizó Avril Thorne con el fin de descubrir la manera de interactuar de los introvertidos, para lo que escogió a alumnas altamente extravertidas y altamente introvertidas.

“Las mujeres altamente introvertidas se mostraban serias y centradas, hablaban más acerca de problemas y eran más cautas. Tenían tendencia a escuchar, a preguntar, a dar consejos; parecían estar concentrándose en la otra persona de un modo profundo.
En cambio, las mujeres altamente extravertidas charlaban más por placer, buscaban más el acuerdo, buscaban similitudes en cuanto a orígenes y experiencias, y hacían más cumplidos. Eran optimistas y expansivas, y gustaban de emparejarse con cualquier tipo de persona, como si su principal placer fuera la conversación.
Cuando las extravertidas se encontraban con alguna alumna que era altamente introvertida, les gustaba no tener que estar tan alegres. Y las introvertidas encontraban la conversación con la extravertida como un soplo de aire fresco.
La imagen que obtenemos del trabajo de Thorne es que cada tipo de persona contribuye con algo a este mundo, algo que es igualmente importante.”


Refuerza esta idea citando el planteamiento de Carl Jung, para quien “ser introvertido es, simplemente, volverse hacia dentro, hacia el sujeto, el yo. Los introvertidos son evidencias vivas de que este mundo, rico y variado, con su vida desbordante y embriagadora, no es únicamente externo, sino que también existe en el interior.
A veces lo único que necesitamos es disfrutar del mundo exterior tal como es y de los extravertidos, que pueden hacer que gente totalmente extraña se sienta conectada. Pero también a veces necesitamos un anclaje interno, es decir, aquellos que son introvertidos y prestan plena atención a los matices más profundos de la experiencia íntima. La vida no va sólo de películas que todos hemos visto y de restaurantes que todos hemos visitado. A veces, hablar de las cuestiones más sutiles es esencial para el alma.”

Vivimos en un mundo en el que se valora la extraversión y sociabilidad y donde se confunde timidez con antipatía. Sólo hay que analizar los dos ejemplos de los que os he hablado antes para darnos cuenta: Cara nos fascinó y Dakota nos dejó indiferentes. Así que, es interesante toparte con un libro que te recuerde que, en realidad, todos tenemos algo que ofrecer.

Además, pienso que todo esto también tiene mucho que ver con el equilibrio. ¿Os imagináis un mundo en el que absolutamente todas las personas, sin excepción, fueran superextravertidas, simpáticas y sociables? En mi opinión, el resultado sería de lo más molesto y cargante. Y en el caso contrario, ocurriría lo mismo pero al revés. Un mundo lleno de introvertidos sería demasiado monótono. Tanto los extravertidos como los tímidos logran un término medio. Unos contrarrestan el aburrimiento, otros el exceso de ruido y ambos logran una armonía.


¿Con quién os sentís más identificados, con Dakota Johnson o con Cara Delevingne? O lo que es lo mismo ¿sois tímidos o extravertidos?